La tartamudez o disfemia es probablemente uno de los trastornos del habla y del lenguaje más complicados y controvertidos. Es complicada ya que hoy en día se sigue investigando su etiología, con las consecuencias que de ello se derivan.

Hay quienes opinan que es un trastorno orgánico mientras que otros piensan que lo esencial de la tartamudez es su naturaleza psicológica. Sin embargo, la logopedia hoy, puede afirmar, gracias a los avances en neurociencia, que la disfemia tiene base neurológica y no está originada por factores externos ni psicológicos. Hay muchas investigaciones que demuestran un funcionamiento diferente en las áreas del lenguaje motora y premotora.

La tartamudez se caracteriza por una frecuencia más alta de disfluencias que afectan a sonidos, sílabas y palabras monosilábicas y/o a la prolongación de sonidos o posturas del mecanismo del habla. Todo ello puede acompañarse de una disrupción del flujo de aire o de la fonación entre las repeticiones. También pueden aparecer otros síntomas como el incremento de tensión en los labios, mandíbula, laringe o cuello, o la presencia de movimientos asociados de otras partes del cuerpo directamente asociados con el habla. una característica en cubierta es la expectativa de dificultad y frustración que lleva a la evitación y a las conductas inhibitorias.

A menudo existe en estas personas un estado emocional que puede variar de una condición general de excitación y tensión a emociones más específicas como ansiedad vergüenza con sentimiento de inferioridad. Esas emociones específicas pueden acompañarse de reacciones fisiológicas fuertes, como respiración irregular, reacciones en la piel, cambios en el ritmo cardiaco, etc. También existe un componente cognitivo intrapersonal: la autoestima de la persona con problemas de tartamudez, la persona llega a considerarse a sí mismo como incapacitado por los trastornos de habla para relacionarse con los demás. De hecho, existen actitudes negativas hacia la tartamudez, el habla y la comunicación en general.